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jun 2026

CUANDO COMER ERA SOLO COMER

Empecé a hacer atletismo en el año 68 y, a día de hoy, todavía sigo compitiendo. En estas casi seis décadas, el deporte ha cambiado muchísimo
En este artículo os hablo de la nutrición:

Un croissant —o quizás dos— con café con leche y azúcar era mi desayuno en mi mejor etapa como atleta, entre finales de los años 70 e inicios de los 80. No importaba si después me iba a entrenar o a competir: ese era mi desayuno.

Pero el desayuno con el que todavía sueño a diario es el que me preparaba mi madre “para tener energía” en mi niñez atlética: un cazo de chocolate deshecho con mendrugos de pan. ¡Un auténtico manjar de dioses!

¡Qué felices éramos entonces sin tener ni pajolera idea de nutrición!

Actualmente, los nutricionistas me dirían que empezar con un ágape a base de bollería no era apropiado para una atleta de alto rendimiento: “grasas malas, demasiado azúcar, bajo en carbohidratos, escasa proteína, nada de fibra, pésima calidad nutricional…”. En definitiva, ni saludable ni adaptado a las necesidades de un entrenamiento exigente. Nada que objetar.

Los desayunos de los deportistas de hoy en día están a años luz de lo que se comía en las décadas de los 60, 70, 80 e incluso 90. Ahora, cada comida cumple meticulosamente con el aporte de carbohidratos, proteínas, grasas saludables, fibra, vitaminas y antioxidantes, ajustado a la demanda física que tiene el atleta por delante. Las harinas refinadas, las grasas saturadas y los dulces apenas tienen cabida o se reducen a la mínima expresión.

En mi juventud atlética, comía lo que me apetecía, lo disfrutaba y no me obsesionaba

Mi desayuno actual se asemeja mucho al que muestran en redes sociales los atletas de élite, aunque adaptado a una deportista máster postmenopáusica.

La nutrición es un pilar básico en la preparación de un deportista de alto rendimiento. Como bióloga especializada en nutrición, lo comparto y me lo aplico. Sin embargo, sí cuestiono el control exhaustivo al que se ven sometidas muchas mujeres deportistas en lo que respecta a su complexión física.

Ya siendo atleta internacional, mi alimentación —y la de todas las atletas de esa época— distaba mucho de la actual. Mis platos preferidos eran los macarrones, el entrecot con patatas fritas y los helados de cucurucho. Entre las bebidas, la Coca-Cola —como decía el anuncio— era la chispa de mi vida. Apenas comía fruta, verduras u hortalizas, y muy poco pescado.

Aunque estudiaba Ciencias Biológicas, no tenía ni idea de nutrición ni de lo que implicaba una alimentación saludable. Mi interés por la nutrición y la dietética llegó años después.

Mucho menos sabía cómo debía alimentarse una deportista de alto nivel. Comía y bebía lo que me apetecía, sin remordimientos ni preocupaciones, sin importar si tenía que entrenar o competir. Nadie cuestionaba mi peso corporal. En ese aspecto, mis compañeras y yo fuimos afortunadas

Nuestro desconocimiento evitó que cayéramos en la obsesión por los kilos y, por ende, en trastornos de la conducta alimentaria (TCA) o en problemas de delgadez extrema, con todas las graves consecuencias que conllevan: fragilidad ósea, fracturas por estrés, trastornos menstruales, amenorrea… y también problemas de salud mental.

No tuvieron tanta suerte las deportistas de otras disciplinas, como las gimnastas, que desde muy niñas eran sometidas a dietas draconianas para retrasar la menarquia y evitar un desarrollo demasiado voluptuoso. En los años 70 y 80 era muy común ver a gimnastas —sobre todo de los países del Este— que, con más de 15 años, tenían un físico de niñas de diez.

Durante la adolescencia yo sí engordé y pasé a ser una chica “rellenita”. Medía 1,56 metros y llegué a pesar 53 kilos. Nunca me preocupó. Mis resultados mejoraban cada temporada, hasta alcanzar la mejor forma de mi vida y correr los 100 metros en 11.81.

Pero un día, durante una concentración de relevos con el equipo nacional, un entrenador me dijo: “Vives, deja de tomar helados, que se te van todos al culo”.

Ese desafortunado comentario desembocó en una obsesión. Dejé la pasta y los helados, y empecé a comer menos. Adelgacé 5 kilos y sí, me quedé con un tipazo, pero mis marcas empeoraron. Una faena, pero ver mi bajada de rendimiento me abrió los ojos y me salvó de caer en una anorexia o en un TCA. Estar delgada, lejos de beneficiarme, perjudicaba mi velocidad. Perdí grasa, sí, pero también masa muscular y fuerza. Volví a comer a placer… y volví a bajar de los 12 segundos en los 100 metros.

De no darle demasiada importancia a la báscula, pasamos —a comienzos del siglo XXI— a considerar el peso y la composición corporal (masa ósea, magra y grasa) como parámetros determinantes en la búsqueda del máximo rendimiento deportivo.

He vivido en primera persona cómo, en varios equipos de fútbol femeninos, cada pocas semanas, se pesa a las jugadoras y se evalúa su composición corporal. Si el aumento de peso se debe a un incremento de tejido graso, se les pauta una dieta —adecuada a su planificación— para cumplir con los requisitos del siguiente control.

Es una práctica que puede ser beneficiosa, pero hay que ser muy cautos en los mensajes que se dan a las deportistas y con los efectos colaterales que conlleva.

La búsqueda del “físico ideal” para mejorar el rendimiento no compensa los riesgos para la salud física y psicológica que puede generar.

Es una problemática que, en el mundo del atletismo, ha causado graves problemas entre especialistas de mediofondo y fondo. Afortunadamente, creo que la presión por alcanzar el físico óptimo ya no suele ser tan férrea. Las gimnastas actuales ya no son las niñas esmirriadas que veíamos en los setenta y ochenta, sino chicas bien desarrolladas, con cuerpos hermosos y sanos. Las atletas de alto nivel cuentan ahora con un mayor soporte médico, nutricional y psicológico que vela constantemente por su salud física y mental, algo que también ocurre en muchos otros deportes.

Es un gran paso adelante. En mi juventud atlética, comía lo que me apetecía, lo disfrutaba y no me obsesionaba. Pero si, por ejemplo, hubiera sufrido una anemia —una patología muy común entre mujeres deportistas en edad fértil—, probablemente no lo habría sabido. En aquella época no nos hacían controles de peso, médicos ni analíticas. Apenas nadie velaba por nuestra salud, salvo nuestros padres.

La ciencia ha mejorado el rendimiento, pero no puede hacerlo a costa del bienestar de los deportistas. Me congratula ver los avances que hay en nutrición deportiva y en todos los campos, pero me cuestiono si es lícito utilizar métodos que convierten los cuerpos en objeto de control y juicio constante. Alimentarse bien también debe ser sentirse bien y disfrutarlo. Por suerte, parece que eso poco a poco ya empieza a entenderse.

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  • Nutrición sana, ejercicio y dieta equilibrada. No hay más secreto que acompañarlo con la constancia y disciplina en el entrenamiento. Somos aquello que hacemos. Por eso, nuestro cuerpo responde a los estímulos que recibe. No concibo una vida plena sin el deporte, mi compañero de viaje vital que corre conmigo desde 1969. Disfruto explicando y divulgando aquello que aprendo cada día y me ayuda a ser mejor. ¿Te vienes?